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La pandemia de 1918, o epidemia de la gripe española como también se le conoce, es uno de los peores retos de salud que ha tenido que vivir la humanidad. Entre 1918 y 1920, murieron más de 50 millones de personas, e incluso hay estimaciones que hablan de 100 millones. En Boston, en un intento médico desesperado por diseñar una vacuna, se le ofrecía a los prisioneros la libertad a cambio de ganarle al virus en unas pruebas.


En la primavera de 1918, esto es, en Marzo, apareció en Estados Unidos una gripe de esas normales, pero que poco a poco comenzó a tomar poder. No se sabe cómo hizo para mutar de la forma que lo hizo, pero para Agosto de 1918 ya se había dispersado por todo el país matando miles de personas.

La pandemia de la gripe española como se le llamó, empezó a matar millones de personas en todo el mundo. No más en menos de 6 meses, entre septiembre de 1918 y marzo del siguiente, ya había derrotado más de medio millón en Estados Unidos. En otros países de Europa la situación estuvo muy similar, y así en el resto del mundo.

Pero vamos al grano.
En la Bahía de Harbor se encuentra localizada la isla Deer. Esta isla ha tenido una historia algo complicada. Primero, en 1675, fue un internado o refugio para nativos americanos, luego en 1800 un área para mantener allí inmigrantes Irlandeses que escapaban a la gran hambruna de su país. También fue un hospital  importante en 1847, y por último una prisión entre los años 1882 y 1988.

 ¿Y a qué viene la mención de esta islita en todo este cuento? La medicina Americana, en un esfuerzo desesperado por diseñar una vacuna, buscó alternativas de investigación. ¿La idea? exponer reclusos voluntarios al virus, bajo la promesa de que si vivían, los dejarían libres y sin ningún cargo.

Y eso hizo el gobierno. Le explicó a los reclusos cuáles eran las pruebas: primero les inyectaría tejido de pulmón infectado de personas que acababan de morir. Si seguían bien,  les rociarían la nariz, boca y ojos con un aerosol infeccioso del virus. Si superaban esta parte, se les impregnaría la garganta con secreciones provenientes de gente enferma y moribunda. Y si ganaban esta última batalla, tendrían que sentarse con la boca abierta, mientras un enfermo moribundo tosía de forma persistente sobre su cara.

Trecientos reclusos se ofrecieron. De estos, fueron seleccionados 62 y a todos se les aplicó el proceso. Al final, sólo murió el médico. Se presume que antes de esto, la epidemia ya había pasado por la isla, ya los prisioneros habían adquirido cierto tipo de inmunidad a la enfermedad.
 


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